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De Quimeras y Ensoñaciones

Girasoles

El verano estaba empezando a declinar, los inmensos campos de girasoles, amarillos, se estaban marchitando y ella tenía que partir, dejarlos atrás, volver a su hogar, abandonarlos.
Sentí que todo se marchitaba al verla partir, un adiós, un para siempre, un hasta luego, un nos vemos, un pásatelo bien, un diviértete, un se feliz, un besito, un abrazo, un suspiro.
Y un agitar de manos, cual aspas de molino al viento, de despedida, mientras el tren partía jodidamente puntual, sin compasión, ¡maldita sea!, inmisericorde a los sentimientos.
Y en un batir de alas de mariposa, ella desapareció, se desvaneció en la niebla que envolvía el presente.
Un te quiero en silencio, bajito, lanzado inconscientemente al aire de la mañana, cuando la bruma ya no le permitía ver nada, cuando la lejanía no le permitía a ella escucharle, le hizo sonrojar, cuando otra mujer que no era ella y pasaba a su lado por el andén de la estación, le oía pronunciar aquellas dos palabras dirigidas al vacío, a un tren que se alejaba y se volvió para mostrarle una sonrisa en sus labios de complicidad y comprensión al verle rodar unas lágrimas por sus mejillas.
Volvería a buscarte, a sentir tu mirada satinada de esperanzas e ilusiones, de risas, de vida. ¿Mañana? . No.
¿Por qué me esfuerzo en engañarme? . ¿Por qué? .
Cuando los girasoles se marchitan ya no buscan los rayos del sol.
Te veré en fotos amarillas, en recuerdos compartidos. Tal vez el próximo verano.
Donde estés estoy contigo.

Siempre te recordaré como en aquella tarde de verano, paseando junto a los girasoles.
Era un luminoso día, radiante, caluroso, veraniego, y durante el paseo que ascendía desde la casa al campo cultivado iba contemplando tu belleza, tu animosidad, tu charla familiar, tu vitalidad. El calor se iba mitigando mientras aparecían unas nubes tenues en el cielo que no llegaban a tapar el sol.
No sé si tú recordarás nuestras risas bajo la débil lluvia que dejó caer esa nube de verano, yo jamás las podré olvidar, tu delirio lleno de frenesí, tu excitación, tu locura, la espontaneidad hecha arrebato, hecha júbilo, cuando empezaste a dar vueltas sobre ti misma con los brazos extendidos, danzando, danzando, danzando, extendiendo los brazos en cruz, girando, girando, girando, mirando hacia arriba, hacia el cielo y cerrando los ojos, sintiendo la lluvia hecha rocío sobre tu piel, sintiendo como la lluvia acariciaba tu rostro, la lluvia te había hecho enloquecer de emoción, las gotas de agua resbalando, recibiendo su placentero cosquilleo, limpiando los poros, y al cerrar los ojos, volar, trasladarte al reino de los deleites sensuales, dando vueltas, insuflando tus pulmones del aire fresco, húmedo, que las gotas de lluvia nos proporcionaban. Y no podías parar, riendo enajenada, feliz, rodando, se te veía tan llena de alegría, tan espontanea e irresponsable, tan vivaracha, tan infantil y tan niña a pesar de tus treinta años.
¿Sabías que estaba lloviendo?. ¿Sabías que la lluvia envolvía tu cuerpo?. ¿Sabías que la gente corre a esconderse cuando llueve?. ¿Sabías que huye, desaparece y se escabulle?.
Y sin embargo tú no, tú bailabas bajo la lluvia, insensata de tí, irreverente, desenfadada, y me alentaste a imitar tu juego exhortándome a danzar contigo, a bailotear al ritmo de tu voluntad, lo hiciste con tanta energía, que mi propia y sobria realidad se disipó, y te cogiste de mi mano y perdí mi compostura de adulto y regresé de nuevo a mi infancia, a esa época en la que no me importaba quedar empapado bajo la lluvia, sino que disfrutaba de ella, y chapoteaba en los charcos calándome hasta los huesos, manchándome de barro. ¡Que carajo! ¡Disfrutaba!. ¡Lo pasaba en grande!
Así, desinhibidos, infantiles, sin complejos, desenfrenados, cogidos de una sola mano, con el otro brazo libre, extendido en sentido contrario, giramos el uno sobre el otro manteniéndonos en el mismo punto, nuestras manos entrelazadas formaban el centro de la circunferencia, y nuestros brazos eran los radios y dimos vueltas y vueltas cual remolino, uno en pos del otro, dos vueltas, tres vueltas, cuatro vueltas… y al levantar los ojos a las nubes y sentir las gotas en mi rostro, sobre mis párpados cerrados, una sonrisa de placer se dibujó en mis labios, ¡ era tan agradable sentir el contacto de la lluvia en la piel de la cara, en aquella tarde calurosa¡, a la vez que mojaba nuestros cabellos, nuestra piel, nuestras ropas, y el calor sofocante del verano se diluía en frescura sobre nuestros cuerpos.
El campo que nos rodeaba, entonces, empezó a moverse bajo nuestros pies, cada vez más insinuante, más vertiginosamente, y ya era imposible pararlo, imposible controlarlo, se movía solo, era el suelo el que se movía mientras tú y yo cogidos de una mano dábamos vueltas, como un carrusel de feria, como un tiovivo, empezaba a comprender lo que sentían mis tubos de ensayo cuando giraban en la centrifugadora del laboratorio. Como si tuviera vida propia andarina , los girasoles corrían de izquierda a derecha repetitiva e interminable, amarilleando, y mi mano se sujetaba a la tuya tenazmente para no caer, mientras desafiábamos a la fuerza cinética que nos empujaba hacia el exterior, desafiando a la fuerza de la energía cinética que nos pretendía separar e impeler hacia afuera, y la lluvia caía hacia arriba y ambos gritamos como dos energúmenos, como dos poseídos, endemoniados, el aire salía con tanta fuerza de nuestros pulmones y los gritos eran tan estridentes, -no recuerdo haber gritado nunca así, salvo en un concierto de música y ni siquiera entonces-, que de haberlo repetido en la ciudad hubiésemos terminado envueltos en dos camisas de fuerzas y encerrados para siempre en un psiquiátrico, porque eso era lo que parecíamos allá, los dos locos más locos que encontrarse uno haya, en mitad del camino que envolvían los campos de girasoles que se extendían a derecha y a izquierda, y el agua resbaló por nuestras gargantas, humedeció nuestros labios, lavó el sudor de nuestros cuerpos, resbaló por nuestra piel caliente, enfriándola, evaporando todos los prejuicios, y cuando el mundo ya no quería parar de girar, no nos obedecía, se había revelado ante nuestra autoridad, nos había faltado al respeto, campaba por su fueros, se había vuelto desequilibrado y no dejaba de dar vueltas y giros a nuestro alrededor, me estaba empezando a marear, y tú también, y los girasoles parecían haber cobrado vida, haber desenterrado sus raíces, que convertidas en piernas utilizaban para correr a nuestro alrededor en una carrera sin fin, tú, como una bailarina de ballet, te enroscaste sobre ti misma, te fuiste enroscando sobre tu brazo y luego sobre el mío y nuestros cuerpos se fundieron en un abrazo bajo la lluvia y allí sentí por primera vez, bajo los efluvios del mareo, tu piel palpitante, jadeante, tu corazón latiendo inmoralmente cerca del mío, y un temblor no debido al mareo recorrió todo mi ser, aquello duró un suspiro, un segundo, un instante, pues ambos cuerpos perdimos el equilibrio y rodamos por el suelo, sobre el manto de hierba y hojarasca crepitante, relucientemente salpicada de gotitas de lluvia y volví de nuevo a sentí tu cuerpo, tu piel, tu contacto, el mundo dando vueltas, el agua, tus gritos entusiastas y divertidos, mi corazón latiendo mareado, mi cerebro volteando, desmayado, mareado. Tus risas. Tu cansancio. Tu jadeo. El dolor de la caída. El no querer soltarte. Tu mirada y desvarío, y al final del juego, al final de nuestra travesura, de aquella locura, al final del desenlace, ese darse cuenta, esa caída a la realidad, ese despertar y ver que nuestros cuerpos yacían enredados, pegados cual hiedra a la pared. Allí, a tu lado, cerré los ojos en un relámpago, y al abrirlos, seguías dando vueltas, vueltas, el agua caía hacia arriba y no podía físicamente soltarte porque te escaparías rodando, por el efecto del mareo, y tú también te agarrabas a mi con manos y brazos de hierro, en un asfixiante apretón, en un no querer soltarte, pero al parar la tierra de dar vueltas a mi alrededor y quedarte quieta en mi realidad, pudiendo soltarte, zafarme de ti, no quería hacerlo, no deseaba hacerlo.
Tus ojos se cerraron. Yo y el mundo seguíamos girando aún para ti. Los besé. Besé voluptuosa y lujuriosamente tus párpados. Los abriste al sentir el contacto y sonreíste. Te soltaste de mis brazos, aún levemente mareada, empujándome y te pusiste de pié de un salto, de un brinco. Me tendiste la mano para izarme del suelo, para ayudar a levantarme y luego escapaste nuevamente, trotando cual yegua encabritada.
Ese día que jugando, te tuve entre mis brazos, me enamoré de ti sin quererlo.
Un amor prohibido.
Todavía con una sonrisa extasiada en tus labios, contemplabas eufórica el Arco Iris, que se perdía tras los campos de girasoles, ¡Es precioso! ¡Maravilloso! , y volviste a dar vueltas sobre ti, nuevamente con los brazos extendidos en cruz, mirando los colores del recién nacido arco celeste.
¡Estás loca!. ¡Para! . ¡Ya no llueve!. ¡Te vas a volver a marear!
Y cuando paraste, y el mundo dejó de dar vueltas a tu alrededor, me dijiste que habías visto al cielo sonreír en siete colores, te había atrapado, se había diluido y lo habías usado de tobogán resbalando sobre él en un dejarte ir.
Decididamente loca.
Cogiste mi mano y me hiciste girar, obligándome a danzar de nuevo, luego la cintura, cada vez más y más rápido y te oí decir. Ahora mira al cielo. Y era cierto, el arco iris también giraba y daba vueltas conmigo transformándose de convexo a cóncavo, de arco a sonrisa de colores y besaba los girasoles fundiéndose con ellos.
El cielo sonreía en colores.
Fue la primera vez que vi sonreír al cielo. Dibujando unos labios de colores. Fue la primera vez que vi girasoles bailar. Azul, amarillo, gris y verde y una sonrisa que lo abarcaba todo, amplia, quimérica, profunda, enamorada.

Cuando atravesamos el umbral de casa, tu hermana nos regañó a los dos por el lamentable estado en que habíamos regresado. Yo, por defenderte, me declaré culpable, culpable por haber querido enseñarte los campos de girasoles, culpable por haberte llevado por aquella resbaladiza pendiente, donde el agua nos hizo resbalar y rodar por el suelo, mintiendo, y a ello era debido el penoso estado de suciedad, cardenales, golpetones y algún que otro desgarrón en la ropa, pero ella, tu hermana, claro, no me creyó. Arguyó muy convencida y jocosamente divertida que la culpable definitivamente eras tú, que yo era demasiado prudente, demasiado sensato, demasiado adulto para todo aquello y que no me dejara manipular por esa criatura, que eras tú, que estás peor que un cencerro, que eres una locuela, vividora endemoniada.
Y esos girasoles que orgullosos se erguían hacia el cielo en el verano, ahora, al partir tú, han empezado a marchitar, han doblado sus cabezas bajo el peso y ya no giran con el sol, no dan vueltas, no bailan, se marchitan. No sonríen. El cielo ya no sonríe, el campo ya no da vueltas, el arco iris ya no se forma. Todo ha vuelto a la normalidad.

- ¿Crees que mi hermana es feliz en la ciudad con su marido? – Me preguntó mi mujer – Cuando llegó a visitarnos hace quince días, se la veía triste y algo melancólica, creo que le ha sentado bien el aire del campo, la he visto ir mejorando y volviendo a ser la de siempre, alegre y feliz, creo que deberíamos convencerla para que pasara más tiempo con nosotros.

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